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CARTA SALUDABLE A LOS REYES MAGOS: Reflexiones de una madre (y dietista-nutricionista)

La Navidad es una época que me encanta, no sabría muy bien explicar el porqué. Me resulta entrañable ver las calles iluminadas con luces, grupos en la calle cantando villancicos, estar abrigados para no pasar frío y estar deseando compartir algo calentito sentados tranquilamente viendo la gente pasar, niños ilusionados con la llegada de sus majestades, encuentros con familiares y amigos, tardes de sofá y manta viendo películas malas de Santa Claus, preparar el árbol y los adornos navideños en casa y en familia… Esa es la parte más romántica del asunto, porque hay otra parte, la cara B, que no me hace tanta gracia…

Hoy sólo pretendo compartir con vosotros algo sobre lo que reflexionaba el otro día cuando la madre de un amigo de Nora me habló de un juego que su hijo se quería pedir para los Reyes Magos: Antón Zampón. Se trata de un cerdito al que llaman el “Rey de las Hamburguesas” que siempre tiene hambre, pues es el “cerdito más glotón del mundo entero”. Cada jugador debe tirar el dado y, en función del color que salga y del número, habrá que darle a Antón la cantidad de hamburguesas del color correspondiente, ayudándole a comérselas. A medida que mastica, su barriga se hincha hasta que explota… si te toca, has perdido!

No daba crédito, en serio, no encuentro la palabra que define exactamente cómo me sentí cuando conocí este juego para niños, recomendado a partir de los 4 años y categorizado como “valor educativo”.

¿De verdad es necesario crear un juego que incita a los niños a atiborrar a un cerdito (no creo que sea coincidencia la elección del animal) a hamburguesas (tampoco considero que sea casualidad) hasta que su barriga estalla? ¿Por qué se pierde cuando explota la barriga? ¿No sería más lógico (teniendo en cuenta que el juego no me resulta para nada lógico) que perdiese el que más hamburguesas le haya tocado darle a Antón hasta hacerle morir reventado? ¿Y encima debemos considerar que este juego es divertido? Pues de divertido no tiene nada, y de educativo mucho menos.

Siento tener que decirlo una vez más, pero las tasas de obesidad infantil (y voy más allá, de problemas alimentarios en los niños) se encuentran en cifras desorbitadas y alarmantes, y no se nos ocurre otra cosa que crear un juego que incita a comer (comida rápida, curiosamente) y que agrava el problema. No sé si los creadores de este juego se han parado a pensar en las consecuencias emocionales que trae este juego. Intuyo que no. Los niños aprenden por asociaciones, por imitación y por repetición. Si les transmitimos que es divertido ver cómo un chico (cerdito) se infla a hamburguesas hasta que su barriga estalla, lo considerarán como algo normal, podrán jactarse de un compañero al que le apriete el cinturón en un futuro, entenderán que comer hamburguesas sin cesar puede ser normal y tendrán una visión tanto de la alimentación como del peso/imagen corporal un tanto distorsionada. Nada más lejos que educar.

Todo esto me ha llevado a una reflexión aún más profunda, y es la siguiente:

¿Qué estamos transmitiendo a nuestros hijos en estas fechas?

Esta es la cara B de las Navidades. Fechas en las que nos volvemos locos comprando como si no hubiera un mañana a ver quién hace el regalo más grande, días que se resumen en comer, beber (cuanto más, mejor te lo pasas) y comprar. Y no nos paramos a pensar qué consecuencias estamos teniendo en la educación de nuestros hijos. ¿Qué les queremos transmitir llenándoles de regalos con los que quizá no jueguen nunca, haciendo con ellos lo que posiblemente no hacemos durante el resto del año, derrochando dinero (más o menos, pero derrochando) como si lo material fuera lo más importante, llenado la mesa de dulces, alcohol y opulencia? Creo que es momento de reflexionar sobre ello. No dejarnos llevar por la corriente (aunque reconozco que a veces no es fácil) y tratar de pensar qué queremos que reciban nuestros hijos de nosotros, qué regalo queremos dejarles (un regalo que dure para siempre, que lo lleven consigo). Para mí no hay mejor regalo que la educación y el amor, y eso no lo llena ni la comida a destajo ni las cosas materiales. Pensemos qué necesitan nuestros hijos, qué conseguiremos haciéndole un regalo u otro, qué están aprendiendo cuando nos ven comprar compulsivamente o comer a diestro y siniestro (y el tipo de comidas o la importancia que le damos) o cuando ven cómo reaccionamos ante un regalo material o uno menos material… Son esponjas y lo absorben todo aunque no nos demos cuenta.

Y ¿qué podemos hacer sin ser unos bichos raros?

Pues, cada uno debe elegir lo que considere mejor, sólo os pido que os toméis un momento para reflexionar. En este sentido, os lanzo varias ideas que quizá os sean útiles.

  • En la elección de los regalos: buscar algo útil y que penséis que va a gustar. No porque sea más grande o más caro será mejor. Para los niños, podemos buscar juegos o regalos educativos, que inspiren, que fomenten la creatividad o el estar activos. Por ejemplo libros, mandalas, juegos de descifrar o de pistas, patines, etc. Y, bajo mi opinión personal, no buscar tener la casa llena de regalos. Tratemos de que aprendan que hay que disfrutar de lo que uno tiene sin necesidad de que sean muchas cosas. Así les enseñamos a valorar lo que se tiene y a ser agradecidos.
  • Dedicar tiempo a estar con la familia y sobre todo con los niños: llevarlos al cine, compartir momentos divertidos, jugar con ellos, ir al parque…
  • Preparar recetas navideñas pero saludables juntos: así les enseñamos que se pueden hacer cosas más especiales utilizando alimentos de calidad.
  • Decirles que no pongan más de 4 o 5 cosas en su carta a los Reyes Magos. Podemos explicarles que hay que repartir entre todos, que no necesitan muchas de las cosas que piden, hablarles del valor que tienen las cosas y el trabajo que cuesta que los “Reyes Magos” las traigan. Así también les enseñamos a valorar más la calidad que la cantidad y a aprender a elegir lo que de verdad quieran.
  • Hacer el menú navideño juntos, incluso ir a comprar y preparar la cena. Que sea bonita, decorativa, y colorida, pero sin necesidad de opulencia. Así podrán ver que algo especial no requiere de dulces, alcohol y cantidades exageradas. Lo más importante es la ilusión con que se prepara y pasarlo bien.
  • Evitar hablar de comidas y regalos (sobre todo materiales) más de lo estrictamente necesario.
  • Tratar de no derrochar durante estos días, ni comprar compulsivamente comida y regalos. No mostremos a nuestros hijos que lo material es importante, al menos no más que lo inmaterial.
  • Preparar una caja con juguetes que ya no utilice (elegidos por el niño, a ser posible), o incluso comprar alguno nuevo, y llevarla a algún sitio para los niños que no tengan. Así les enseñamos a compartir y a ser generosos, y a tomar conciencia de que todo el mundo no tiene las mismas oportunidades.
  • Simplemente, estar juntos y disfrutar con ellos. Los niños aprecian por encima de todo estar con sus padres y que les dediquemos tiempo. Es el mejor regalo que podemos darles. En estas fechas y siempre.

Felices Fiestas!

Griselda

Alimenta tu felicidad

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1 comentario en “CARTA SALUDABLE A LOS REYES MAGOS: Reflexiones de una madre (y dietista-nutricionista)

  1. Así es Griselda. Has hecho una estupenda reflexión y me uno a ti en ella.
    Gracias.

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