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Quimiofobias pasadas por agua

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En la actualidad, se vive en una situación mental de ‘quimiofobia. Término que no me gusta utilizar porque técnicamente los alimentos son un conjunto de compuestos químicos naturales, pero, al fin y al cabo, química. Porque sí, los compuestos químicos se encuentran en el medio natural sin necesidad de laboratorios ni animales de experimentación.

Entonces, a lo que me refería con esa palabra es miedo/fobia a los plaguicidas o productos fitosanitarios (‘pesticide’, en inglés). Los consumidores se quejan de que los alimentos no saben como antes y seguramente con los ‘potingues’ que tienen encima no deben ser buenos para la salud.

Dejando a un lado el que sean seguros o no (que sí que lo son porque están aprobados y regulados por la Unión Europea tras múltiples pruebas científicas), es recomendable realizar un lavado exhaustivo  de los alimentos vegetales que llegan a nuestras cocinas para reducir o casi eliminar los posibles restos de plaguicidas, contaminación bacteriana y suciedad.

También es importante hacer mención y recordar que los productos frescos no sólo se contaminan cuando están en los campos sino que durante la comercialización y almacenamiento (bien en el proceso de transporte hasta el consumidor o en casa) también pueden aumentar su carga bacteriana si no se mantienen las condiciones de temperatura y atmósfera adecuadas.

Y como todo el mundo sabe, ciertas bacterias mueren en contacto con el calor, por ejemplo con el cocinado. Por lo que hay que tener especial atención a los productos que se consumen crudos, sobre todo vegetales o pescados.

Es por esto que las recomendaciones previas a la compra que hace la FDA (Food and Drug Administration) para asegurar que los alimentos que compramos sean lo más seguros posible, son que nos cercioremos de que no están dañados ni tienen golpes.

Una vez en casa debemos seguir los siguientes consejos, basados en las recomendaciones de la FDA:

  • Antes y después de estar en contacto con los alimentos, lavarnos las manos durante 20 segundos con agua y jabón.
  • Eliminar todas las partes dañadas del producto y desechar las hojas externas de las cabezas de lechugas y repollos.
  • Para limpiar los alimentos hay que frotarlos suavemente bajo el chorro de agua del grifo (potable, evidentemente). No hace falta utilizar jabones ni lejía (hipoclorito sódico). Las manos bastarán.
  • Lavar los productos frescos aunque se vayan a pelar, pues con el cuchillo se transfieren la suciedad y las bacterias.
  • Con frutas y verduras de piel dura (ej: melones, sandías, pepinos…), utilizar una escobilla si es necesario.
  • Secar las frutas y verduras con una toalla de papel o tela (en este caso, desecharla para evitar contaminaciones cruzadas).
  • Jamás lavar los alimentos antes de guardarlos en la nevera o la despensa, pues el agua y la humedad es una fuente de proliferación microbiana. Se debe lavar justo antes de su uso.

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Además de todas estas recomendaciones, Juan Revenga hace otras muchas que se escaparon a las anteriores y que puedes ampliar en su post:

  • Los alimentos que se vayan a almacenar, limpiarlos en seco.
  • Los vegetales con recovecos, como la coliflor o el brócoli, basta con sumergir en agua durante 2 min aprox.
  • Las frutas blandas, como las uvas o cerezas, no lavarlas con agua hasta justo antes del momento de su consumo.
  • Las setas se deben limpiar con un cepillo suave o un paño húmedo.

Así que déjate de lejías y quimiofobias y pásate al agua, que más natural que eso no hay nada.

Raquel Ramos Robles
Estudiante de Grado de Nutrición Humana y Dietética

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