Los índices actuales de sobrepeso y obesidad infantil en muchos países desarrollados tienen un gran impacto sobre la salud física, social y psicológica de quienes las padecen, estando además directamente relacionadas tanto con la probabilidad de tener obesidad en la adultez como con el desarrollo de enfermedades metabólicas y cardiovasculares a edades tempranas.

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Aunque no existe un consenso entre los investigadores para definir las causas de la obesidad y el sobrepeso, parece estar claro que tiene un origen multifactorial. Si bien es cierto que el balance energético entre las calorías consumidas y las gastadas por el sujeto juega un papel importante, existen otros condicionantes cuyos roles son fundamentales para el desarrollo de sobrepeso y/u obesidad; como la genética o los factores asociados al entorno de la persona y a su estilo de vida.

En España, los investigadores Sánchez-Cruz y colaboradores (2013) demostraron que los niños y niñas de entre 8 y 17 años presentan un índice de sobrepeso del 26%, y de obesidad del 12,6%; por lo que casi 4 de cada 10 jóvenes sufren de exceso de peso (38,6%). Hay que destacar que el exceso de peso entre los 8 y los 13 años fue casi un 20% más alto que el registrado entre los 14 y los 17 años (45% frente a 25,5%).

En Estados Unidos los resultados son muy similares. El estudio de Ogden y colaboradores (2014) determinó que en los años 2011-2012 más del 34% de los niños y niñas de entre 6 y 19 años presentaban sobrepeso u obesidad.

Estos datos epidemiológicos se repiten de forma similar también en otros países del mundo, como Brasil, Chile, Australia o los países del Reino Unido. Además, simultáneamente a esta situación se da un aumento progresivo de la prevalencia de patologías como la diabetes y otras enfermedades crónicas relacionadas con la nutrición, como problemas cardiovasculares e, incluso, algunas formas de cáncer (Sahoo y col., 2015).

No debemos olvidar que estamos hablando de problemas de salud en una población entre los 6 y los 20 años aproximadamente, por lo que a ninguno se nos debería pasar por la cabeza la expresión de “mal de muchos consuelo de tontos”. Son simplemente datos que deberían servirnos para despertar y actuar en consecuencia. Es hora de analizar las consecuencias y llamar a la conciencia de las entidades y organismos nacionales e internacionales encargadas de la promoción de la salud y los hábitos de vida saludables.

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Mientras tanto, somos nosotros mismos los que debemos tomar las medidas oportunas para paliar o revertir esta situación.

Nuestro consejo es sencillo:

–          Aprende a comer bien y disfruta haciéndolo en familia.

–          Practica ejercicio de forma regular e educa este hábito a tu familia y amigos.

La actividad física, cada vez más ausente en los niños y adolescentes, ha sido sustituida por las nuevas tecnologías: tablets, móviles, consolas, ordenadores… Ya es raro ver los parques repletos de niños de más de 5 años. Como mucho, se les apunta a algún deporte (sobre todo si es niño), más por ocuparles la tarde que por transmitirles la importancia de la actividad física como estilo de vida. Porque, ¿cuántos padres que llevan a sus hijos a alguna actividad deportiva la practican también? ¿Y cuántos de ellos la comparten con sus hijos, aunque sea los fines de semana? Tristemente son pocos… Y digo tristemente por dos motivos: uno, porque dejan escapar una oportunidad fantástica para disfrutar con sus hijos de forma saludable; y dos, porque no predican con el ejemplo. No podemos decirle a nuestros hijos “tienes que hacer actividad física que es muy bueno para la salud” si nosotros siempre subimos por el ascensor… Incongruente, ¿no? ¡Pues es real!

Si queremos que nuestros hijos hagan algo, y lo adquieran como un hábito, la mejor forma de hacerlo es haciéndolo nosotros. Ellos repiten lo que ven, y si encima se comparte con ellos, ¡mucho mejor!

Y eso por no decir lo importante que es la actividad física en la prevención y el tratamiento del sobrepeso y la obesidad infantil. Una de las causas de los alarmantes datos arriba señalados es el sedentarismo, por supuesto, pero no el único, como apuntan algunas entidades interesadas en que no se culpe a los productos que venden. En este sentido, trabajar los buenos hábitos de salud para prevenir la obesidad no sólo está en lo que comemos; también está en lo que sentimos y en lo que nos movemos. Los tres pilares son fundamentales y necesarios para abordar este tema desde la infancia, y deben adquirirse lo más temprano posible para poder instaurar esos hábitos en nuestro día a día y puedan mantenerse en el futuro.

Y, por supuesto, déjate asesorar por profesionales de la salud para alcanzar tus objetivos. El ejercicio que practica tu vecino o compañero de trabajo, no tiene por qué ser el más adecuado para lograr tus objetivos y, por supuesto, puede no ser el más recomendable para ti.

Luis Berlanga y Griselda Herrero

Bibliografía

–          Ogden, C. L., Carroll, M. D., Kit, B. K. y Flegal, K. M. (2014). Prevalence of childhood and adult obesity in the united states, 2011-2012. JAMA, 311(8), 806-814. doi: 10.1001/jama.2014.732

–          Sahoo, K., Sahoo, B., Choudhury, A. K., Sofi, N. Y., Kumar, R. y Bhadoria, A. S. (2015). Childhood obesity: causes and consequences. J Family Med Prim Care, 4(2), 187-192. doi: 10.4103/2249-4863.154628

–          Sánchez-Cruz, J.-J., Jiménez-Moleón, J. J., Fernández-Quesada, F. y Sánchez, M. J. (2013). Prevalencia de obesidad infantil y juvenil en España en 2012. [10.1016/j.recesp.2012.10.016]. Revista Española de Cardiología, 66(05), 371-376.

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